Era todo un poco estraño. Darle un nombre podía ser algo peligroso pero, en fin, al final algo de coherencia había entre ambas cosas, aún no te has disociado del todo. Así que bueno. sienta bien esto, a estas horas, en estos tiempos. En fin, pronombres y adverbios. Ya vuelvo, algo sobrio, bastante sereno, y está todo vacío, estamos solos el viento y yo, y algún pajarilllo trasnochado. Me cruzo a dos, hasta luego -dicen- y yo, hasta luego, y sigo para abajo fumando. Algunos pies más adelante, me llaman por este -supongo- mi nombre. Yo me giro. Un poco más para que vean que me he girado. Vuelven a nombrarme, y echan a correr, yo no las conozco, son por tanto esas cuando las veo venir, estas cuando me las cruzo, aquellas cuando salen a correr: ellas. Sigo, que estoy llegando. Por un momento sé que he perdido las llaves. El corazón late rápido. Las encuentro en un bolsillo desacostumbrado, doy la luz... Un momento. Esto no es vivir. Esto es un enorme volumen polvoriento apretado entre otros tantos apilados en estanterías con claves debajo de cada balda: Literatura.
Si fuese un camino... No, es más bien un espacio, pero pensábamos que sabíamos adónde ir, eso hizo el camino. Seguirlo es difícil y aburrido, nada interesante. Ellas echan a correr, o se quedan esperando como al dios que suelte el rayo por mi boca: eso no va a ocurrir. Porque aquí cantamos, aquí somos la canción del sometido, del débil, del bajo. Y ya lo he dicho, no, no lo tengo claro, puede que sea el gran error, pero al menos no voy creyendo y creando. Solo vengo al ritmo de un no mostruoso, bailando, abrazándome al no, agarrándome a él como pura brasa. Me estoy quemando.
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