LUCIGENIO- ¿Dónde vas, cabrero
ocioso, con tu siringa en silencio?
CABRERO- Voy a recoger mis
cabrillas, Lucigenio, que en aquel soto las apacienta Galatea, voy a ver si me
apacienta a mí también.
L- ¿No te sentarás en este cancho
para que gocemos de un airecillo bucólico? Allí viene Simíquidas que podrá
juzgar quién se lleva la prenda, pues estoy dispuesto a darte una cántara
entera de leche de las vaquillas aquellas que ves a la sombra del encinar
huyendo del calor del mediodía. Pero lo mismo no te atreves…
C- No me busques, Lucigenio, no
sea que me encuentres… Pero respiro tan cerca a la necesaria Galatea que más
que con un airecillo, con una ventolera le llevaré esa cántara entera.
L- Armas no hay: fuego una palabra, aire una palabra, una palabra tierra,
una palabra agua: cuentan que cantó el pastor al ritmo del trotar de su
cachava.
¿Y a mí que este amor
tuyo, cabrero?
Yo llevo el laurel
del dios del arco certero.
C- Armas no hay: fuego una palabra, viento una palabra, una palabra
tierra, una palabra agua: cuentan que cantó el pastor al ritmo del trotar de su
cachava.
Pues no, que no te
enteras, no es mío;
está vivo y lo tuyo
no es más que el que fue y se ha perdido.
L- Armas no hay: fuego una palabra, aire una palabra, una palabra tierra,
una palabra agua.
Las cancioncillas las
guardo escritas, así no me olvido,
y ¿dónde guardas tú a
aquella, cabrero bonito?
C- Armas no hay: fuego una
palabra, viento una palabra, una palabra tierra, una palabra agua.
Ay, vaquerito
cornudo, a aquella yo no la guardo,
guárdate tú de letrillas
que cuentan cosas que ya han pasado.
L- Tierra una palabra, una palabra agua: la poesía, una mujer que se quedó
callada.
Ay, cabrero, razón
tienes, que ahora hasta lloran mis vacas:
nada valen las
letrillas si no hay a quien cantarlas.
Llévale a aquella
esta cántara
y cántale la
ventolera que la deje despeinada.
C- Tierra una palabra, una palabra agua: la poesía, una mujer que se quedó
callada.
Daca y toma esta
siringa,
y que soplándola
olvides tus ansias,
que el árbitro quedó
mudo solo de oír tus palabras.
Armas no hay: fuego una palabra, viento una palabra, una palabra
tierra, una palabra agua: cuentan que cantó el pastor al ritmo del trotar de su
cachava.
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