Para comer y para cenar, también para el desayuno. Sopa de hipocondría, sopa de miedo, sopa de bombas, sopa de vil metal. Uno encendió la radio y oyó que había que "perder para ganar": desayuna sopa negra. Va por las aceras y huele el humo de los coches: sopa negra. Se apelotona, hace colas, compra: sopa negra. Lucecitas de mierda, frío, al mal tiempo buena cara, mentiras: sopa negra. Colonias, maquillajes, peinados, adornos, horarios que llevar a rajatabla: sopa negra. Otro vio un televisor, y en él aparecían una mujer de mirada que distrae, sutilmente pintada, y luego explosiones, y luego la mujer otra vez, y luego personas con traje y palabras grandilocuentes babeando por sus comisuras, de lustre de vino y buen comer, y luego la mujer, y luego deportistas, y luego compra, hazle caso, márcalo como ídolo inalcanzable, frústrate y date con una piedra bien gorda en los dientes, o en la puta cabeza: sopa negra. Otro abrió la caja lista y en ella vio frases repetidas, ideas y más mentiras, sí, tal vez eres libre en un corral bien decorado: sopa negra. Otro iba a abrir un periódico, sin duda en busca de sopa negra, pero al hacerlo, se cansó demasiado y volvió al televisor: sopa negra.
Cuentan que hace tiempo en Esparta, para mantener una sociedad igualitaria (tanto que estaban perfectamente delimitados y nombrados los grupos, que no quiero decir clases, ya lo he dicho), cuentan que hubo una costitución, por traerlo a nuestro terreno, que hizo expulsar a los artesanos de lo inútil y, entre otras cosas, establecía también que todos comiesen juntos y todos lo mismo, y todos la misma cantidad. Y el que iba a la comida común sin hambre, era sospechoso. Comían pan de centeno y un guiso que llevaba, como uno de los principales nutrientes, sangre, que le daba el color por el que después se conoció: sopa negra.
El gusto está claro que sólo es uno, pero que nos den morcilla, que nos lo tragamos todo.
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