No para de llover, humedad fecunda, la ciudad entristece salvo en los espacios destinados a arbolillos que soportan este aire que envenena. Llueve y sonríen los que no tienen planeado vivir, los que no temen por su futuro. Sonríe el mar con las olas, se hacen contra él y busca la tierra, y lame la tierra, quieren sentir sus sales en perfecta sinergia. Es una disolución tan brillante o más que la luna nueva, luna azul o negra, y que llueva.
De una tormenta nacimos y de una tormenta nacemos, renacemos. No brota nada en el escaso ambiente del asfalto, aunque se yergan orgullosos árboles estraños a esta tierra en pequeños compartimentos determinados para ellos. Y cae la tormenta, el rumiar del trueno es el sonido mismo del cielo rasgándose. Piedras apiladas sin forma constante. Antes de caer su rumor es el del trueno, el de la lluvia, pequeños trozos del cielo al barro. Tormenta. Antes de que se desmorone, antes del derrumbe, de que el rumor sea el derrumbe y el trueno, y a la vez piedras quebradas, talladas de nuevo. Haciendo renacer la vida infinita desde el agujero más oscuro.
Que fuera como de un cielo arcaico, primitivo, con surcos solo de pájaros y nubes sin pastor. Y, derrepente, no, caiga diciendo que no, que no.
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