Teníamos permiso. Podíamos preguntarnos sobre lo que no hay, eternamente. Nacimos inocentes. La culpa nos invadió mientras escribíamos leyes. Entregamos el gobierno de la nave, la cuchara y dejamos el arrojo por si algún día éramos valientes. Lo que se nos escapaba impredecible, animal anomalía, no era ya más que un intrincado conjunto revestido de los más espléndidos oropeles, un vestido de lentejuelas, maquillaje, en fin, mentiras de toda clase, la misma mierda. Aquí estamos, salvando el mundo cada mañana. Así vamos, en orden, a ocupar nuestro puesto: es lo único que tenemos, eso y un montón de dinero. Pasamos hambre después de comer y allá vamos, también salvaremos el mundo mañana. Como seguimos salvándonos de un nosotros cualquiera, un nosotros que derrumbe pensamientos y rompa las ideas. Un algo que nos despreocupe de salvar el mundo mañana. Tengo un montón de comida en casa, por si se acaba. Para tener para comer para ir a salvar el mundo otra mañana.
Y no sabíamos por dónde íbamos, pero había prisa, una meta y cabezas y espaldas que pisar. Luego apadrinamos a un niño, vamos a la manifestación o le damos una moneda al yonki ese de la esquina y dormimos cojonuda, solidariamente. La Humanidad. Y la Realidad, que no sabe a ná, como si creciese bajo un plástico. Y ahora plantamos plomo en la tierra para ir a salvarla y reciclar, y ponerle a nuestros hijos la revolución en bandeja en forma de canción de un tipo de derecha a izquierda o de izquierda a derecha o en bustrofedónica. No sé. El caso es que estamos comprando la Revolución en cómodos plazos. Me educan profesores revolucionarios con negros automóviles brillantes, incluso yo mismo hago la revolución a veces, viendo el televisor en el sofá, con la panza llena, momentos antes de la siesta.
Después de digerir odio y miseria, explosiones, mentiras y la paz de la guerra, o las guerras de paz, o como sea, es normal que nos estriñamos y no abramos la boca después de tragar tanta mierda. Por norma.
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