Tersícora, que bailas en la tragedia

  Está todo bajo control. Si está, es porque no es: entonces podemos suponer que no se mueve, entre otras cosas, eso quiere decir que esté. Aunque, estando en subjuntivo, quizá no sea tan verdad. Quizá, chi sà? Vaya certezas. Poco a lo que agarrarse, entonces. La empapo en licor inflamable y prendo la corteza, tal vez huela bien. Tal vez, no creo. Porque la corteza solo puede ser lo que no queremos llevar cerca del fuego del hogar, pero no en él. Ah, no. Confundí la cáscara con la máscara.
  Me acordaré entonces de la musa de las canciones corales, la de la danza y, bueno, le añado el fuego y poco más, porque hace como que para ello. 


  Y si ella se acuerda, entonces quizá traiga el ensueño del ritmo. Entra el ritmo como el humo de la buena hoguera dulce. Si se acuerda, que traiga la única certeza de derribar monumentos de sangre. Y el fuego quemará todos nuestros papeles. Si se acuerda, seremos unos indocumentados. Pero si además llega la melodía, y la tónica es el sol menor, que tanto no calienta, del invierno: ahí, nos da igual, es más, nos alegra no tener papel alguno, nos alegra. Repican en el pecho los ritmos de las piedras, derrumban muros, muros abiertos a la vida. A ver si nos sonríe, no sé, la niebla, la luna, por ser la acostumbrada encomienda, por la lechuza y todo eso. Entonces yo me acordaré, siempre, del ritmo, en verdad, en él inmerso desaparece el tiempo, que no es poco, y canta. Me encuentro como sembrado en el ritmo, como una vuelta en una vuelta en un istante inmemorial, como fractal o así. Vuelvo en un torbellino girando sembrado en este bucle azul eterno.
 

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