Hijos con nombre confundido y del mar. El malsueño, dicen, y una lechuza. Apilamos montañas para subir y gritarle a los dioses a la cara su mentira, toda la vida. Vencimos a la guerra en el bronce, pero el hijo del olvido nos devolvió a la tierra, madre, habla, lenguamadre. Ya solo se ve la luna reflejada en la ventana, y el campanario son aquí aires acondicionadores encerrados goteando. No sé, somos tantos. Vomitamos chorros de derrota, despertamos con una mentira menos, por lo menos. Y le damos vida a las palabras, entonces, un árbol es un árbol.
Es verdad, los puños de las letras noquean en tragos, los largos a la mandíbula, y los cortos al hígado, que duele un poco después. Y al final mostrarse también desaparece, lo que tengo es un robo y una mentira y somos los hijos bastardos del odio, necesitamos quitarnos de encima el dominio y no queremos dominar nada: este es nuestro territorio, es tuyo. Y la mano invisible se la metan por el culo, ellos, asesinos de cualquier vida, ladrones del tiempo. Nos roban hasta el espacio. Ante eso, contra sobre, política del fuego, y saldrá humo, y sale humo, ya va oliendo, apesta, es negro, parte a su paso el aire. Esta política son nuestras manos, abriendo los muros del mundo y derribando puertas escondidas.
Hace frío, las manos no se calientan. La boca me arde, y en el cuarto hay una hoguera. No sé conducir las cosas, apuñalen la vida de un muchacho, hemos perdido muchas y por no hablar a tiempo, por callarnos eso que sabíamos. Miento, es que necesitamos que termine este dolor, ella lo sabe, y también que te traeríamos a un nosotros, lo sabes como sabes que no se nota la caligrafía borracha si se escribe con esto. Joder, no, no tenemos necesidad de otra libreta, es que necesitamos que termine la bilis negra de los fármacos sustitutivos, de los falsos timoneles hipócritas, del entierro de las piérides (impías, caprichosas, ventoleras como son las verdaderas) en la fosa común de la gran torre de balas, del misil erecto.
¿Vamos a engañarnos porque sé que durarás siempre? No, eso a ti no te importa, y no sé si eres fuerte, pero arrastras barruntando una duda enorme que no permitirá que te hagan pedazos. No. Tú, aquí. Ahora. Y ¿vamos a engañarnos con la falsa victoria cotidiana? ¿O vamos si no a celebrar cómo bailamos en la tragedia del baile de máscaras? Más lento, eres puro nervio y, en verdad, sabemos que se nos da bien este medio tiempo o, bueno, entero, lo que sea, la distancia corta, ahí nos medimos sin clase alguna de metro. Al ritmo loco de la risa marchemos, que siento si no que me hago viejo; al ritmo loco de tu lengua impura, no se olvida y siempre habla. Es un tono menor por los olores y las circustancias, y los pronombres; son unos plurales inacabados, una primera persona por terminar, una balsa a la deriva de la derrota del mar. La mar, habla, lenguamadre. Son claves armónicas, de la conjura y el hechizo, entran todas. Hipnotiza, falta en esta jodía realidad, traigo los bolsillos cargados de hambre y sueño, hambre del tiempo que me robaron, sueño del futuro que me vendieron y duermo poco, y no descanso: ya no sueño. En realidad, nos intenta terminar. Apilados en orden abajo, ellos en la tarima. Y no sirve de nada un yo sin un tú, ahí, tan pronto, esta primera persona se acaba. Los plurales entonces son varios, y algunas veces, las más dolorosas, mentiras: es que queremos que aplaque una hoguera los escrementos dañosos que están sobre nosotros.
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