Satélites lunares recorriendo universos de finitud indeterminada.
Nada hay mejor indicado para un espacio de esos de cordura retorcida, de pensamiento ondulado, nada mejor para uno de esos accesos que la más loca locura. Repito, hallarse perdido en el manantial primigenio de la vida, que brilla, oscura, traslúcida, que fluye arraigada. Fluye suave, lento.
Más.
La terapia de locura acostumbra a no saciarse, tiende a la adicción, y a ser disfrutada entonces como infinita por su intensidad.
Fuerte.
Por su naturaleza ondulada, no siempre, pero sí hay veces que tienta a los silencios de las oscuridades, con ímpetu, con arrollador empeño.
Es terapia de camino y palabras y varias vueltas a lugares que resuenan, pero desconocidos.
Medio día con prisas, el otro medio sin tino y, vaya, se acabó lo que se daba, habrá que dedicarse una vez más al oficio del invierno.
Contra eso se hace la terapia de locura, que huele a agua salada. Sospechar de la cara del sí mismo cuando muestra un interés, como en los negocios, y así impedir siempre que se cuente rollos.
La terapia, en términos reducidos a poco, consiste en un impulso eléctrico, enérgico, por la columna hasta el cerebro hasta el aliento del aire de fuente de vida que envuelve a algo que está vivo.
Y así nos vamos desenvolviendo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.