Mi mono aoristo

Más que nunca, qué le importa. Va a agarrar el presente una vez más, está seguro. Se presenta como algo en un espacio infinito entre jadeos y sudores, esputos y zancadas largas. Pero es esa elegancia del dejarse llevar, dejarse ir yendo por lo más íntimo y común, por lo más profundo, por lo más oscuro. Lo mantiene aún con fuerzas para bailar, otro poco. Fuera un vivir remojado, el tiempo suele pasar pero, ay, a veces se para. Y ahí está el presente, con su oscuridad luminosa y, venga, un claro de luna azul, digo, de lana, digo, de ládano, o no sé, algo para esos bronquios tan cansados, un quedarse pegado a esa rama de pies, de caderas, de morros contra la rama, pero a favor de rama. Y, ¡qué hambre! Casi se oyen desde aquí los estómagos rugientes y los huesos crujientitos de comerse. Hay que ver, que no para de describirse en curva en su pensamiento comportado, o nosequé, que va como temblando, le pesa la altura, la hartura de hartazgo; le impulsan los pies y las manos y la boca salivando los placeres de la boca, le impulsa el presente brillante, una lanza incrustada de obsidiana le da sombra sobre su cabeza. Es como un baile con la muerte, por no darse la engañosa ambición de volver a nacer, porque ¿quién era entonces? Qué le importa, más que nunca, ¿fui? Bah, o he sido, ¿ser? que no, no, que va a agarrar el presente, vida, de cara al presente, subiendo y bajando. Ahí va, como una onda herziana dibujada por un pulso irregular, su frecuencia, asfisiante, tanto como su inestabilidad, ahí es donde baila, cara a la rama.


Y, por fin, después de tanto subir y bajar, consigue alcanzar los plátanos. Agarra el presente.


Devora el presente con ansia, pronto no quedarán de él más que los gases por haberlo comido tan rápido. Lo único de su ser que sube al cielo. Entonces solo queda recuerdo revivido, un algo de vida que vuelve en un olor, en un color, en una textura, en un sonido. Y, después, derrota. La derrota no es un estado, sino una perspectiva. Ahora, con las manos doloridas ya y rotas, puede hacer con ellas cualquier cosa, puede hacer de ellas lo que sea. La derrota le lleva a perderse en millones de años de evolución, en millones de años de ser una creación divina, la derrota le lleva ahí, a ese caos -que no es desorden sino lo que hay antes del Orden- a ese caos de perderse ahí, entre dios y una tortuga, y resumir el estar del universo entero y toda su Historia en un puntito, un puntito aoristo, sin número, sin duración alguna, tan fuera del ritmo por ser el ritmo desnudo entero eterno, es como todo el movimiento posible metido en un puntito desarraigado de la Humanidad, del Tiempo, de la Realidad (nosabeaná), de todas las Leyes y Padres y Patrias. Ahí en ese momento es cuando le habla una verdadera lenguamadre que no tiene gramática ni sintaxis más que la de esprimir la verdad de un-ir-siendo. Y pronto volverá el hambre de la esperanza, mi mono aoristo querrá ser futuro y no sabrá que no, que no es posible, no sabrá que solo en realidad -y no en verdad- se puede creer querer, sabrá que eso no es vida hasta que vuelva a ver el presente brillante, y otra vez sube y baja, onda altibaja asimétrica, ahí abrazado de cara a la rama, en un presente aoristo.

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