Puse esa música tranquila para forzar al corazón a latir más lento, o intentarlo. Desde luego que fue un cabrón el que dividió los tiempos y dio más partes al preso que al libre. Y así se hizo complicada la vereda que veníamos siguiendo, y nos fuimos dejando, campo a través, por lo dejado. Las mañanas y sentir como ir volando a por un juego, pero no sé, igual no encontrarlo de ir tan rápido, que tengo los horarios cogíos.
Vámonos, claro. Ojalá, ¡qué!, que deje de decirlo y lo haga.
Esos otros, que piensen lo que hacen: si lo están haciendo o lo repiten. Que no es lo mismo que el recuerdo. Que cansa demasiado echar de menos. Que los niños son los que saben, sí, dónde quedó eso, lejos, entonces, ahora. Vivimos, ¿no? Esto es eso de la poesía, ¿no? El tiempo, la muerte, irnos apagando y encendiendo y ¿por qué me pica eso? Al final, sólo un recuerdo pero, joder, qué sueño. Qué sueño.
Que, si sacamos nuestras armas, no hay sueño, ni muerte, ni frío, ni mal, ni Futuro que valgan, porque son las armas nuestras como palabras, como la música, que no están hechas de nada, y disparan a los pechos de las cabezas de los corazones, y no matan, ni preocupan siquiera. Podríamos ser el arma del saxofón, grito de madera de roca, y la vida bailando, bailando, no sé cómo, pero ha tenido que ser aquí donde nos hemos encontrado, bichinos huidizos del corral.
Sobreviviendo a la metralla del dineral, que es mierda y nos llueve y nos apalea, cualquier día. Aquí tampoco es que hagamos mucho, pero bien que nos reímos, no hace falta nada.
Son cinco minutos y me despierto, pensando. En esta, en esa, en aquella. En esto y lo otro. En lo mal distribuidos que están a veces los pronombres para dejarme hablar lo que necesito. Se va, no está, queda lejos. Son lugares, cosas, ¿o qué? Eso de la vida, digo. No sé pero, claro, me siento bastante menos esquizofrénico cuando sabemos todos que compramos veneno envuelto en plástico de colores, a cambio de algo de vida, que es a lo que somete el dinero. Qué alegría. Solo es que no demos por supuesto que sí, que el mundo era así, y que no había otra forma de hacerlo. Nos queda, si no, ser como largos campos sembrados por el Hombre, cuadriculados, vida, puede ser, pero predecible, luego Futuro. ¿Por qué repito tanto? Porque repito y me repito, como el ajo, siendo tan claro el huerto.
Otros cinco minutos, hoy no sueño, esta noche no me acuesto, pero te escucho aquí medio deshecho, porque no vamos a terminar, no vamos a terminarnos, nunca. Frío, viento, de lejos corta como el hielo, en una casa azul del cielo de los porreros (casi a ras de suelo, pero no), una hoguera de colores.
Esto suena a edredón sudao de escribir sin poder dormir.
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